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Cómo hacer compost casero en un piso pequeño sin olores molestos

Compostaje urbano en un piso pequeño de Barcelona sin olores molestos, primer vistazo al cubo de bokashi

Tengo dos tarros de cristal de medio litro en la encimera, y ninguno de los dos huele a nada raro. Ese detalle, para quien vive en cincuenta metros cuadrados con la cocina pegada al salón, es casi un milagro doméstico. Llevo un tiempo largo haciendo compostaje urbano en el piso, sin patio, sin comunidad con contenedor verde propio, solo con lo que cabe en un rincón de la cocina y mi huerto de balcón de cuatro metros. La pregunta que más me hacen cuando lo cuento no es cómo se hace, sino si de verdad no apesta, así que lo primero que respondo siempre es que sí, se puede tener sostenibilidad en casa sin que el piso huela a contenedor de feria. La clave, lo adelanto ya, es la sequedad, no la cantidad de bichos ni el tamaño del cubo de bokashi.

Las pieles y los restos que uso salen casi siempre de la misma bolsa: la compra semanal en el Mercat de l'Abaceria, en Gràcia, donde ya sé qué parada me deja las verduras con más recorte de hoja y menos plástico envolviendo la col. No hace falta jardín, ni siquiera una terraza. Hace falta un cubo, ganas de picar cáscaras un rato entre semana, y sequedad. Eso es prácticamente todo el bokashi para quien empieza.

Para compostar en un piso no hace falta jardín ni terraza grande

Empiezo por aquí porque es la pregunta que me llega siempre primero, normalmente acompañada de una foto de una cocina diminuta y cara de duda. Mi terraza mira al norte y apenas recibe una hora larga de sol directo en pleno verano, así que la lista de qué aguanta ahí fuera es otra conversación que ya tuve en otro rincón de este cuaderno. Para compostar no hace falta ni eso: un cubo bajo el fregadero o dentro de un armario basta, siempre que tenga tapa hermética y, si es de fermentación, un grifo en la base.

Mano añadiendo restos de verdura a un cubo de compostaje bokashi para principiantes en un piso

El criterio real para decidir si te compensa es el tiempo que le dedicas entre semana, no el espacio que tienes. Picar restos un par de minutos cada noche mientras friego los platos me cuesta menos que bajar la bolsa de orgánico goteando por la escalera, y esa es la comparación que de verdad importa cuando vives en un piso sin cuarto de basuras propio.

El bokashi le ganó a las lombrices en mi cocina de cincuenta metros

Lombrices o fermentación anaeróbica, esas eran las dos opciones serias para quien no tiene jardín. Descarté el vermicompostaje bastante rápido: la idea de una colonia de gusanos viviendo en un táper dentro de mi cocina me daba una pereza que no supe disimular, así que me quedé con un cubo de fermentación de unos dieciséis litros, que es más o menos el tamaño estándar de estos kits urbanos.

Fue la misma lógica, por cierto, la que me hizo pasar de la hidroponía a la tierra sin tener ni idea de lo que hacía: compré un kit hidropónico de caja después de una oferta que nunca cumplió lo que prometía la descripción, y acabó reconvertido en una maceta más. Aquel cubo de burbujas y perlita me enseñó, eso sí, a fijarme en las texturas. Recuerdo meter el dedo en la perlita húmeda una tarde y, por primera vez, no sacarlo embarrado, y pensar que ese era justo el tipo de detalle que nadie te cuenta hasta que lo tocas tú misma. Nunca llegué a probar los sistemas de raíz flotante o de mecha que otras personas montan en su balcón, así que ese capítulo del NFT y compañía se lo dejo a quien de verdad entienda de sistemas hidropónicos.

La fermentación, en cambio, funcionó casi a la primera. El sistema usa microorganismos que descomponen la materia sin oxígeno, así que en teoría se evita la putrefacción y esos olores de contenedor que tanto miedo me daban. Es el mismo principio del chucrut, solo que con pieles de plátano y restos de verdura de la semana. Lo único que hay que respetar es una proporción aproximada de treinta partes de carbono por cada una de nitrógeno, es decir, mucho cartón troceado y cáscara de huevo por cada resto de comida fresco, y trocear bien: la primera vez que dejé trozos de brócoli demasiado grandes, la fermentación se paró en seco y tuve que empezar de cero porque aquello ya no olía a sidra, sino a otra cosa bastante peor.

Cartón troceado y cáscaras de huevo mezclados para equilibrar el compost casero en el huerto de balcón

Lo que más sorprende es cuánto encoge el volumen: lo que empieza siendo un cubo lleno hasta arriba de mondas y cáscaras acaba reduciéndose aproximadamente a la mitad. Si el objetivo es aprovechar cada centímetro del balcón, esto también se puede leer junto con cómo cultivar rábanos en macetas poco profundas para aprovechar el espacio, que es justo donde acaba yendo buena parte de lo que saco del cubo.

El lixiviado, el líquido que no esperaba sacarle partido

Del grifo de la base sale, cada pocos días, un líquido oscuro y ácido que en el mundillo del compostaje llaman lixiviado o té de compost. La primera vez que lo abrí me preparé para un olor a alcantarilla y me encontré con algo agrio, casi de fermento, mucho más llevadero de lo que imaginaba. Hay que diluirlo bien, más o menos una parte de lixiviado por cada cien de agua, porque puro quema cualquier raíz que se le ponga por delante.

Extracción del lixiviado o té de compost urbano de un cubo bokashi en un piso pequeño

Se lo conté a Júlia un día en el coworking. Ella jamás en su vida ha matado una planta, cosa que le envidio en silencio cada vez que me lo recuerda, y me miró como si le estuviera hablando de alquimia casera. Con ese lixiviado diluido riego ahora el balcón entero, y hasta mis kokedamas, que se riegan a su manera particular y en otro momento ya conté, notan el subidón cuando les toca esa mezcla. Tampoco sustituye lo que ya escribí sobre qué abono orgánico me funciona mejor en macetas pequeñas, pero como complemento gratuito que sale de la basura, no se puede pedir más.

Las plantas que peor lo estaban pasando son las que más se han recuperado. Incluso las que parecían perdidas después de que aprendiera cómo eliminar los hongos en las hojas de las plantas de mi balcón norte a principios de año tienen ahora un verde que antes no tenían. Hasta pensé, viendo lo bien que responden los kokedamas a este riego casero, en aquello de por qué vender kokedamas artesanales puede ser un hobby creativo rentable, aunque de momento se quedan todos en mi balcón y en el de Júlia.

La sequedad, no la humedad, es lo que corta el olor y las moscas

Aquí me desvío de casi todos los manuales que corren por ahí, que insisten en que el compost debe mantenerse húmedo como una esponja recién escurrida. En un piso de Barcelona, en pleno julio, eso es una invitación directa a que las moscas de la fruta monten una fiesta en la cocina. Las moscas no son la única visita indeseada que puede aparecer en un balcón de ciudad, pero esa es una lista de bichos que merece su propio capítulo aparte.

Tomate creciendo en una maceta abonada con compost casero, ejemplo de sostenibilidad en casa

Mi regla, la que de verdad sigo cada vez que dudo, es echar más cartón seco o serrín cuando la mezcla se ve o se nota demasiado húmeda, aunque parezca ir en contra de todo lo que se supone que hay que hacer. Manteniendo esa capa superior seca, el olor se queda bloqueado dentro y a las moscas no les queda humedad donde poner huevos. Si dudas, echa más seco: esa es toda la fórmula.

Le dejé un bote de este lixiviado diluido a Carme, la vecina del quinto, el mismo día que pasó a dejarme un tarro vacío en el felpudo, como hacemos siempre con los esquejes. Fue ella, por cierto, quien un invierno entero cambió de rumbo gracias a una sola maceta de tomatillo cherry que apareció un día sin avisar, pero esa es otra historia. Ya que estoy confesando manías de sábado: este año además cambié cómo germino semillas en semilleros reciclados, dejé de agobiarme por el riego cuando salgo unos días porque di con algo simple para las vacaciones, empecé a podar las aromáticas antes de que se espigaran del todo, y hasta probé a juntar en la misma maceta plantas que se ayudan entre sí. Y sigo pagando, en cierto modo, por haber elegido mal la tierra de la maceta de los tomates aquel primer año.

Si merece la pena montar esto en un piso pequeño

Depende de cuánto te importe tocar cáscaras de huevo y acordarte de vaciar el grifo del cubo cada pocos días, con la misma constancia con la que sacarías la basura normal. Llevo ya seis años trasteando con plantas en un piso sin jardín, y esto ha sido, de largo, lo que más ha cambiado la relación entre lo que como y lo que tiro. Mi consejo, si te lo planteas, es empezarlo pequeño: un cubo, tus propios restos de cocina, y paciencia los primeros días, cuando el brócoli parece tardar una eternidad en deshacerse.

Terraza pequeña en Barcelona con plantas y sistema de compostaje casero al atardecer, sostenibilidad en casa

No hace falta convertirlo en una cruzada ni anunciarlo en el grupo de vecinos de la escalera. Basta con probarlo a tu ritmo, sin agobiarte si al principio algo no cuaja del todo. Los fallos, tarde o temprano, acaban convirtiéndose en tierra buena.

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